Una historia de La Oroya,Perú

La Oroya, Perú y Mis Primeras Ventas de Casas: Los Angeles, 1964
Previamente, narré algunos de los percances y aventuras durante los 4 y medio años de estadía en La Oroya, Perú, trabajando para la “Cerro de Pasco Corporation, New York”. Había progresado, de ingeniero mecánico principiante, en Setiembre de 1958, a estar a cargo del departamento de mantenimiento mecánico (como 200 mecánicos, administrados por 4 ingenieros), luego pasé a estar a cargo de los talleres mecánicos: de maestranza, fundición de fierro, y taller estructural, (como 480 hombres, dirigidos por 6 ingenieros). Un consejo a ingenieros principiantes: atribuyo mis rápidos ascensos, empezando, inexperto, sin saber cómo funciona ninguna maquinaria, a, principalmente, cuando viene el caso, leer en detalle los manuales (en inglés, en este caso) que vienen con éstos. Por ejemplo cuando hubo que reparar una vibradora que transportaba y separaba granos de minerales por tamaño, (la cual se malograba con frecuencia y detenía a la mitad de la planta de tostado de zinc), el manual indicaba que había que, al instalar la nueva cabeza excéntrica vibradora, dejar una distancia de, como, 21 a 33 milésimos de pulgada entre sus ejes. Obedeciendo ese detalle, hizo que no hubiera problemas por mucho tiempo. Similarmente, cuando instalé y calibré rotor nuevo, cuando se malogró una de las 2 gigantescas compresoras de aire que soplan los humos de la planta de Oroya por su enorme chimenea, también seguí las bien detalladas instrucciones de su correspondiente manual (ver fotos que siguen, cuando subí a su cima, en 1959, con el jefe de mantenimiento mecánico, Ron James, (a quien reemplacé el siguiente año). Ron bajaba de la cima, bajo mis pies, donde los enormes techos de las plantas, bajo él, parecen pequeños):

Tenía un futuro muy prometedor en La Oroya. Sin embargo, al casarme en Abril de 1962, esperábamos un bebé, para Agosto de 1963. No deseando que nazca en la altura de Oroya (3,725 metros, o sea 12,213 pies sobre el nivel del mar), renuncié a mi puesto, y regresamos a Los Angeles, el Mayo 1, de 1963. Recuerdo esa fecha muy bien, porque esa misma mañana, presenciamos un gigantesco desfile, por ser Día del Trabajo, desde el alto piso de nuestro hotel, en la ciudad de Méjico. Ver filmación, de Mayo 1, 1963, presionando, sobre línea que sigue: “CONTROL” (soltar tecla) y, luego presionar, “ENTER”:

“Mis primeras ventas de casas: Los Ángeles, 1964”
Tanto yo, como mi esposa, Olivia, hablábamos bien el inglés, pues yo me había graduado de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), en Enero de 1958, y Olivia había terminado secundaria en Los Angeles, y había empezado sus estudios universitarios cuando, en 1960, fue a visitar a sus padres, en La Oroya, Perú, y tuve la fortuna (muy premeditada, como narré anteriormente), de conocerla.
Conseguí puesto como ingeniero mecánico con Avery Label, y procedimos a comprar una bonita casa, casi nueva, en la ciudad de Moterrey Park, adyacente a Los Angeles, que tenía muy buena vista: se podía ver, hacia el Oeste, desde la California State University de Los Angeles, mas el Observatorio del Monte Wilson, y volteando hacia el Este, varias ciudades al pié del Los Ángeles National Forest, desde Pasadena hasta Monrovia, mas las ciudades intermedias. Luego de comprarla, nos mudamos con sólo los más básicos muebles, pues el 10% de pago inicial, (mas costos de compra de la casa), habían requerido todos nuestros ahorros. Recuerdo que tuve que prestarme $50, para comprarnos una refrigeradora usada. Me los prestó mi querida suegra, la señora Felicia Martínez-de-Vargas de Gálvez (QEPD), quien había viajado del Perú, por unas semanas, para ayudarnos con David, nuestro bebe recién nacido. Comprendí, entonces, que para poder amueblarla apropiadamente, tenía que conseguir ingresos adicionales, por lo que procedí a estudiar y obtener, rápidamente, credenciales como vendedor de propiedades (Real Estate).
La primera semana de 1964, recibí mi licencia, y empecé enseguida a tratar de vender casas los fines de semana, en las zonas de Los Angeles llamadas Lincoln Heights y Cypress Park. Mi jefe, Manuel Urquiza, sugirió que toque puertas y pregunte si los dueños deseaban vender su casa. Mi primer sábado disponible, empecé, al principio de una calle larguísima, a tocar puertas. Horas después, al estar perdiendo la voz, un cortés propietario, quien no deseaba vender su casa, me invitó a su sala y me preparó un té bien caliente. Repuesto con ese té, continué tocando puertas. Ya casi anocheciendo, llegué a la última casa de esa cuadra. Su dueño, de habla hispana, estaba regando su jardín. Me hizo pasar a su comedor y, después de presentarme a su esposa, me enseño la casa y otro apartamento que había construido bajo la casa, aprovechando que su terreno bajaba abruptamente desde el nivel de la calle.
En ese apartamento vivía su hijo con su familia correspondiente. Terminé vendiendo esa propiedad, yo mismo, a otra familia grande. No solo eso: padre e hijo compraron 2 casas gemelas, a unas cuadras de la que vendieron, ganando yo, 2 comisiones más. El total que percibí en comisiones fue casi equivalente a lo que ganaba como ingeniero por todo un año. Muy felices, con Olivia, procedimos a amueblar nuestra casa a “todo trapo”, y luego, a comprar 2 casas modestas, en un lote, cercanas a la oficina de ventas, en North Main Street, Los Ángeles, para alquilarlas, como inversión inicial.
La carrera de ser vendedor de propiedades parecía ser mucho más lucrativa para mí, que la de ser ingeniero, por lo que ya estaba planeando dedicarme 100% a ésta. Sin embargo, ocurrió un incidente que me hizo cambiar de opinión:
Vendí la casa de un señor Griego, de edad avanzada. Regresé para que firme papeles adicionales, y se puso furioso, gritando en griego. Luego que se calmó, explicó que odiaba al vecino que la estaba comprando. Regresé con mi jefe para hacerle ver que era muy tarde para retroceder. Furioso, gritando en griego, sacó una escopeta de un closet, la cual me había mostrado anteriormente, cuando me contó que la había usado para forzar a que le den el vuelto correcto en una tiendecita de su vecindad. Lo habían puesto preso por eso, pero, alardeo, no lo estafaron. Esta vez le quité la escopeta, pero el agarró un enorme cuchillo de cocina y se nos fue encima. Sujetando yo, una silla de por medio, bajamos la escalera como pudimos. La venta fue luego cancelada y seguí trabajando como ingeniero hasta 1970, vendiendo casas, solo los fines de semana.
En Agosto de 1970 empecé, los fines de semana, a vender terrenos de recreación de una hectárea, en Lake Riverside, nuevo proyecto en las montañas, a 2 horas de Los Ángeles. Invitaba a quien sea, a llevarlos en mi auto a verlos, incluyendo a un señor que se detuvo a conversar cuando lubricaban mi auto, quien resultó comprando. A 2 meses de empezar, había ganado el doble de lo que ganaba como ingeniero todo el año. Renuncié como ingeniero en Octubre, y para fines de 1970, gané el premio por haber vendido más volumen, en dólares, que nadie, entre como 200 vendedores. Me concentraba en vender los terrenos más caros, adyacentes al lago, o los que tenían mejores vistas.
Recordé que unos años antes, cuando traté de conseguir un puesto de ventas que tenía que ver con ingeniería, el encargado en la agencia de empleos me rechazó, diciéndome que los ingenieros somos, por lo general, introvertidos, y que no éramos efectivos como vendedores. Yo era introvertido, pero, comprendí que solo se trataba de convicción y esfuerzo, y que el hombre de la agencia de empleos estaba equivocado.
Para Enero de 1971, fui ascendido a gerente de ventas. Ya habiendo terminado de vender el proyecto “Lake Riverside, pasamos a otros, como “Pinion Hills”, y “Alpine Forest”, a distancias cercanas a Los Ángeles. Seguimos con proyectos al Norte de San Francisco, llamados “Brooktrails”, y luego, con el enorme y hermoso, “Shelter Cove”, frente al mar, entre las ciudades de Fort Bragg y Eureka, donde llevábamos clientes por avión privado, partiendo desde Los Angeles o de Long Beach, hasta el propio aeropuerto de Shelter Cove. (Serio accidente en ese avión, narré anteriormente, en La Gaceta Leonciopradina)
En 1973, un promotor, que hacía tratos con diversas uniones de trabajadores, proveyó a la compañía con la que yo trabajaba, con nombres de clientes que eran miembros de uniones de trabajadores en Los Ángeles, a los que pudimos vender terrenos, en “Brooktrails” y “Shelter Cove”. El promotor, luego, me reclutó a mí, y abrimos una oficina, en Oakland, por la bahía de San Francisco, y vendí, por 6 meses, terrenos, con vista al lago y con muelle común, en un proyecto pequeño, en el lago “Clear Lake”, el lago más grande de California, y de toda la zona Oeste del país. Queda como a 2 y media horas al Norte de San Francisco, pasando los grandes viñedos del condado de Napa.
Los clientes eran choferes de ómnibus en Oakland, y luego, miembros de la unión de “machinists” (operadores de tornos y otras máquinas). Para yo llevarlos al lago, adquirimos un van Dodge enorme, y yo conseguía que vuelen, de Los Ángeles, colegas corredores, de experiencia, para que me ayuden a cerrar tratos los fines de semana, antes de empezar a reclutar corredores de propiedad locales. Los numerosísimos viñedos, como Mondavi y Beringer, tenían tiendas, donde vendían y daban a saborear, muestras gratis de los diversos vinos, lo que “amenizaba” el paseo de regreso considerablemente.
Me iba tan bien, que, con Olivia, vendimos nuestra casa en Monterrey Park, alquilamos otra en la isla de Alameda, frente a Oakland, y nos mudamos con nuestros 2 pequeños hijos. Empezamos a buscar nueva casa para comprar, en las mejores zonas de la Bahía de San Francisco. Entonces ocurrió un nuevo revés: Hacia fines de 1973 hubo una crisis de energía. Había que formar largas colas para comprar gasolina. Los clientes aun me acompañaban a Clear Lake, pero dejaron de comprar pues tenían miedo que la escasez de gasolina sea permanente, o que se vuelva muy costoso ir hasta el Clear Lake. Cerramos la oficina y nos mudamos de vuelta a Los Ángeles, a empezar nuevamente.
(A ser continuado en la próxima edición de La Gaceta Leonciopradina).

Nota del publicante: Yo no tengo ningun derecho sobre este escrito, ni siquiera recuerdo como vino a dar en mis manos, la publico en mi blog porque me parece hermosa, no he obtenido ningun beneficio economico ni va a suceder nunca en el futuro.

En cuanto el creador la reclame he de parar de publicarla.

C.S.G.

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